Bendita locura

Bendita locura

Algunas veces, solo algunas veces, los seres humanos sois extraordinarios. Intentaré explicarme, y con ello, intentaré exponer el por qué de esta entrada de la bitakora.

Soy el Basajaun. Eso ya deberíais de saberlo, pero me gusta recordarlo de vez en cuando… aunque no sea más que una… digamos forma, de que podáis entender algunas de las cosas que en la bitakora se encuentran. Lo dicho: soy el Basajaun. Y como Basajaun que soy, mis peripecias en este mundo se han visto vinculadas durante mucho, mucho tiempo, a los montes del lugar más bello del mundo: Euskal Herria.

Una de las cosas que he podido contemplar en el pasado, ha sido observar cómo hombres duros, duros de verdad, acometían infernales jornadas de doce horas de duración, talando la madera que se encuentra en los inabarcables montes de la propia Euskal Herria, y alrededores. Jornadas eternas, agotadoras e insufribles, atados a una de las más increíbles  y despiadadas máquinas que la tecnología humana ha sido capaz de engendrar: la motosierra. Una máquina tan dura, pesada y descarnada, equiparada en multitud de ocasiones a una de las pocas herramientas que le pueden hacer sombra: la azada. Todo aquel que haya trabajado con ambas, sabrá a qué me refiero.

Trabajar como talador forestal lleva consigo unido el hecho de que, al ser un trabajo físico y duro, y al ser realizado al aire libre, lleve aparejado el sufrir mareantes heladas en el cuerpo, incontables días mojado hasta los huesos, y tener que laborar muchas otras veces con un sol que parecía haberse parado en el cielo. Y al igual que el hombre del campo con la azada, el marino con la red, el minero con el pico y la pala, o las mujeres que tenían que llevar las casas y cuidar de los hijos de todos estos hombres de verdad, hombres y no pintamonas que parecen hechos de gominola, el talador forestal sabe lo que es sufrir hasta doler, en un trabajo que exige dejarse el alma cada día. Creedme, sé de lo que hablo.

Supongo que más de un listillo creerá que hablo de esto sin conocimiento de causa. A todos aquellos que lo crean, lamento informarles de que se equivocan: si alguien puede sentirse reflejado en lo expuesto en los anteriores párrafos, soy yo. Le pese a quien le pese. Me crea quien me crea. Y como yo, alguno más. Pocos, pero alguno sí que pulula por ahí. Y de uno de ellos quería hablaros hoy en la bitakora.

Recuerdo haber visto, no me lo han contado, lo he visto, a un hombre que, en el pasado, y dada su juventud de entonces, parecía que estaba un poco loco. Y dentro de esa locura, una de las situaciones más hilarantes que nadie se pueda imaginar fue poder observarle cómo, subido en el morro del Skyder (esquider para los, y los no, profanos), llevaba los pinos cortados desde el monte hasta el parque de madera para ser tronzados. Es de imaginar que, si estaba subido en el morro del tractor, el mismo no lo conducía nadie. La guinda era observarlo con un palo golpeando el propio morro del tractor, mientras le gritaba…:

  • ¡Arre…! ¡Arre…!

Lo dicho. Era un tipo que me pareció que estaba un poco loco.

Y esa locura, ahora, muchos años después de aquel día, no parece que se le haya curado.

Pablo Olmos, el hombre al que va dedicada esta entrada en la bitakora, es hoy en día un enfermo de ELA. Un hombre que a pesar de haber cambiado el tractor por la silla de ruedas, sique poseyendo un punto de locura. Una locura que le ha llevado a querer subir, nada más y nada menos, que al Vinson: el pico más alto de la Antártida.

Con un par. O dos.

Para afrontar este reto, Pablo contará con la ayuda de Unai Llantada, ambos vecinos de Zalla, en el Valle del Salcedón. Pero mientras Unai será el cuerpo que suba el Vinson, Pablo será el alma y el corazón de esta nueva locura suya, con la que solo pretende que los humanos conozcáis un poco más esta enfermedad. Unai irá a la Antártida; Pablo subirá con él desde Zalla. La tecnología hará el resto.

Imagen obtenida de deia.com

Lo dicho: Pablo sigue igual de loco que el día que arreaba el tractor con un palo.

Bendita locura.

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