La leyenda del Cristo de oro de Pallantia

La leyenda del Cristo de oro de Pallantia

Hoy, en el Arkano de la bitakora, el Cristo de oro de Pallantia.

Los humanos sois mucho de leyendas. Lo sois tanto, que no me he podido resistir a compartir con vosotros un hecho, cuanto menos… curioso: la leyenda del Cristo de oro de Pallantia. Si, una vez leído lo que se expondrá a continuación en esta entrada, lo tomáis como cierto, o si solo lo veis como un cuento para incautos, es cosa vuestra. Yo me limitaré a exponer unos hechos que, caminando por la fina línea que separa lo creíble de lo increíble, no dejan de sorprender por lo extraño de los mismos. Comencemos:

En el año de los humanos cristianos de 1171 nacía en Pallantia una niña. Esta niña, Berenguela, estaba destinada a ser reina de Castilla, algo lógico según las leyes que unos humanos imponen a otros, pues era la hija del rey Alfonso VIII. Doña Berenguela, cuando se hizo mayor, y como pallantina que era de nacimiento (en esta época, humanos, todavía no existía el término actual para designar a este lugar, y se seguía denominando a dicha zona como se venía haciendo desde los tiempos de los romanos) y dado el amor que siempre le profesó a su lugar de origen, quiso hacer una obra colosal que se situaría en lo alto de un cerro, desde el cual se divisaba toda Pallantia. Este cerro no sería en el cual se eleva ahora el Cristo del Otero, sino uno cercano. Pero también en él quiso la reina, tremendamente devota como era, construir una estatua. Un Cristo.

Imagen obtenida de www.palenciaturismo.es

Cuando expuso su deseo de erigir en el cerro una escultura, la tildaron de poco menos que loca: la reina quería que el Cristo tuviese nada menos que treinta metros de altura, y debía de ser de oro. Una construcción colosal que sería un regalo a la propia Pallantia, y un homenaje a las creencias cristianas de la mayoría de los habitantes de lo que entonces era el reino de Castilla.

El hecho de que sus cortesanos y consejeros más afines pensasen que estaba loca, no quiere decir que se lo expresasen directamente: la locura hubiese sido enfrentarse a los deseos de la reina. Ello no quiere decir que la intentasen quitar esa idea de la cabeza.

Si la escultura tenía que medir treinta metros de altura, y tenía que de ser de oro, se calculó que para tamaña construcción habrían de emplearse nada menos que once mil (11.000) toneladas del preciado metal. Semejante cifra hizo que se la quisiese quitar esa idea de la cabeza alegando que no había tal cantidad de oro, ya no en Pallantia o Castilla, sino en el mundo. La reina les contestó diciendo que solo en Pallantia había oro de sobra para acometer diez veces la escultura. O más. Y siguiendo los deseos de Berenguela, se acometió el proyecto. Innumerables artesanos se acercaron entonces a Pallantia, entre los que destacaban los que sabían trabajar el oro, por supuesto.

Una vez el Cristo terminado, dos años después de acometer el inicio de su construcción,  fue motivo de peregrinación desde todos los rincones de la península ibérica. Al menos por parte de los cristianos. Pallantia se llenó de miles de visitantes que dejaban en el lugar sus buenos dineros. Pero cuando los peregrinos llegaban hasta él no se les permitía acercarse, solo contemplarlo de lejos, ya que se puso a guardar el Cristo a una treintena de perros de presa: treinta pallantinos, uno por cada metro de la escultura, grandes, fuertes y armados, para que nadie, cristiano o no, intentase robar alguna parte de la aurea imagen.

Tiempo después, mucho tiempo después, la noche del diez de diciembre de 1344, una tormenta terrible cayó en el lugar. A la mañana siguiente no había ni rastro del Cristo. Tras las lamentaciones y las pesadumbres por haber perdido el Cristo, oraciones y rezos bañados en lágrimas elevadas al cielo incluidas, los pallantinos pasaron a ver aquella pérdida como una oportunidad: las laderas sobre las que elevó la imagen de oro se llenaron de gente buscando algo del preciado metal, cavando con herramientas y rebuscando entre las piedras. No encontraron nada de oro, y hubo eruditos entonces entre los humanos que razonaron su ausencia: algún rayo de la feroz tormenta que acabó con la figura, había impactado en él destruyéndolo. Sí, pero aún así… en las mentes de los pallantinos solo cabía una pregunta: ¿dónde estaban, aunque solo fuese una pequeña parte, de las más de once mil toneladas de oro? Nunca se supo.

Esta es, humanos, la leyenda del Cristo de oro de Pallantia. Ahora… vamos a intentar disipar algunas dudas sobre dicha leyenda:

Los peregrinos, y esto es real, se habían acercado desde hacía centurias a Pallantia. Lo hicieron para visitar la ermita sobre la cual se eleva ahora el Cristo del Otero, santo Toribio tuvo mucho que ver en todo esto, en un cerro distinto al que se utilizó para la construcción de la imagen de oro. Esto podría explicar la cantidad de peregrinos que viajaban a Pallantia en aquella época. Peregrinos a los que se le pudieron sumar curiosos y/o amigos de lo ajeno, pues un Cristo de oro no deja de resultar algo que llame la atención, y más si mide treinta metros. Y todo esto, obviando otro hecho real: Pallantia era en aquella época uno de los centros neurálgicos del reino de Castilla, continuando así con un cometido que venía desde los tiempos de los romanos, cuando toda la península ibérica era una provincia romana (Hispania).

En Francia, y esto es también real, cuando hace siglos se comenzaron a sembrar patatas (una planta entonces desconocida en Europa), una vez germinaban ponían a su cuidado a hombres armados, con el fin de que cualquiera que viese la planta de la patata en flor, y custodiada, creyesen que se trataba de algo valioso (lo es, ciertamente lo es: ningún alimento ha eliminado el hambre en el mundo tanto como la patata… al menos desde que se comenzó a usar por estos lares). Poco después el uso de la patata se extendió como un fuego en un día ventoso de verano. Esto podría explicar el que se pusiesen hombres armados al cuidado del Cristo de oro.

A pesar de algunas partes de esta leyenda reveladas, o por lo menos se intenta desde esta vuestra bitakora, no deja de parecer asombroso el hecho de que exista una historia en la Castilla profunda que habla de un Cristo de treinta metros. Y de oro, nada menos. Y existen datos y fechas que corroboran parte de esta leyenda: que existió hasta una noche de tormenta en diciembre de 1344, que cuando se acometió la obra se acercaron al lugar orfebres que trabajaron en ella, y, lo más importante de todo, un dato que no se debería pasar por alto: la reina aseguró a su círculo más cercano que no habría que buscar el material para construir muy lejos, pues Pallantia tenía y se bastaba de oro.

¡¿Cómo…!? ¡¿Que Pallantia (Palencia para los humanos que no sepáis de historia) dispone de oro para dar y tomar?!

Pues sí, humanos… sí:

¿Qué es Pallantia? ¿No se la conoce como el granero de la península ibérica? ¿No pudo construirse el Cristo con piedras, por ejemplo, y terminar de pulir la colosal obra con una homogénea pasta de avena o trigo, ayudando en este caso los orfebres a los panaderos a que en su superficie la estatua terminada de pan tuviese un color parecido al del oro? ¿Acaso la corteza del pan, una vez sacado del horno, es azul, rosa o grana? ¿No se puede asemejar la corteza de dicho pan al color del oro, si se vigila y se saca en el  momento exacto del horno? ¿Cuánto metal precioso encontraron los incautos que se acercaron la mañana del 11 de diciembre de 1344 a las laderas del cerro? ¿Acaso alguien, de entre los peregrinos, se pudo acercar a la estatua para verla? De haberse construido de oro, aunque los rayos de la tormenta hubiesen derribado la escultura, o incluso parte se hubiese fundido, ¿dónde estaba, aunque solo fuese una pequeña parte, de las más de once mil toneladas del precioso metal?

Pan. La estatua era de pan. O al menos fue este, el pan, lo que se utilizó para ligar parte de la estructura, y pulirla en su parte más superficial. ¿Y cómo se pudo mantener en pie y refulgente durante más de cien años si solo era pan? Recordad que no se dejaba acercarse a nadie a ella, y que los orfebres y panaderos bien pudieron pulir la superficie cada vez que las inclemencias del tiempo la desgastaban, protegidos por treinta aguerridos y temibles pallantinos armados hasta los dientes.

Cereales. Trigo, avena, cebada… cereales para hacer pan. Pan que alimenta y quita el hambre, como la, vilipendiada por los ignorantes, pobre y humilde patata.

Si Berenguela fue una buena o mala reina, será algo que deben decidir los eruditos y estudiosos de la historia de la península ibérica. Pero de lo que yo no tengo duda es de que fue una genial estratega social: el turismo en Pallantia entonces, sumándose los que peregrinaban a la ermita donde se cobijó santo Toribio siglos atrás, a los que querían contemplar el Cristo de oro, fue enorme. Y si hay turismo, hay dinero. Aunque muchos lo hicieran engañados para ver una imagen de cereales molidos, fermentados y amasados con agua. Cereales que sirven para hacer pan. Pan que quita el hambre desde antes de la llegada de la patata. Y aquello que quita el hambre, humanos míos, vale más que el oro.

Berenguela tenía razón: Pallantia tiene oro para dar y tomar.

 

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