La leyenda del Palacio de las Brujas

La leyenda del Palacio de las Brujas

Existe una leyenda en el Valle del Salcedón, que hace referencia al palacio inacabado de los señores Ametzaga de Güeñes. Dicha leyenda, como todas las leyendas, toma sucesos reales ocurridos tiempo atrás, digamos… tergiversados. Y de esta leyenda quería hablaros hoy en la bitakora. ¿Por qué? Por que no se me ocurre nada mejor que esta leyenda para abrir la nueva sección de la bitakora: Arkano.

Parece ser que, de un tiempo a esta parte, el susodicho palacio se está poniendo de moda. Sea por las diversas entradas que se pueden encontrar en otras bitácoras, sea por programas radiofónicos que beben de esas leyendas para poder formar un buen guión de ficción, sea porque yo, el Basajaun, ya me tomé en el pasado la molestia, durante años, de estudiar con detenimiento todo lo que concierne al Valle del Salcedón y sus ancestrales creencias en sucesos que poco tienen que ver con explicaciones racionales, y tratando de explicar estos sucesos de la forma más humana posible para que tú, sí tú, el que lee esta entrada, puedas entender un poquito mejor el pasado oscuro y real de Zalla y Güeñes, el caso es que el conocido por todos, de dentro y fuera del valle, como El Palacio de las Brujas está más de moda que los pantalones de campana en los años setenta. Y lo que yo veo es que… lo que está ahora en boca de tod@s es la propia leyenda del palacio, y no el propio palacio en sí.

A los niños del Valle del Salcedón se les han contado desde siempre historias terribles que tienen que ver con el propio palacio, y, por supuesto, con el hecho de que dicho edificio se halle inacabado y en ruinas. Dichas historias se enmarcan dentro de lo que podríamos llamar el “imaginario popular”, y que poco tienen que ver con la historia de dicho palacio y su construcción. Poco, muy poco. Eso sí: poco es siempre más que nada. Unos dicen que el palacio no se pudo terminar porque todo aquel que comenzaba a trabajar en él, moría o enfermaba. Otros que hubo inquinas entre los nobles de por aquel entonces de la zona, con la idea de que dicho palacio no se pudiese finalizar. Hay quien asegura que si está inacabado y en ruinas en la actualidad, es porque quien lo intentó levantar, Baltasar Hurtado de Ametzaga y Unzaga, murió antes de finalizar la obra. En todo esto se mezclan brujas malvadas, el Maligno, el rey de España… y el propio Baltasar, faltaría más.

No voy a tratar de aseverar o desmontar nada de esto. Sois vosotros mismos los que debéis de elegir qué os convence más, siempre y cuando no estéis dispuestos a documentaros y saber la verdad. Yo hoy solo expondré aquí una de las primeras leyendas, sino la primera y más antigua, que habla sobre lo ocurrido hace cientos de años en el valle. Leyenda que, como todas, toma sucesos reales y los modifica para tratar de mostrar una historia fabulosa. Y, en este caso también, terrible.

Vivía a finales del siglo XVII, y principios del XVIII, en el valle, un hombre que no debía de ser muy agraciado. Y cuando digo que no debía de ser muy agraciado, quiero que instales en tu mente la imagen de Quasimodo. Al contrario que en la maravillosa obra de Víctor Hugo “El jorobado de Nôtre Dame” (creo que esta obra, junto con “Los miserables”, debería de ser de obligada lectura para los humanos), este hombre no imbuía miedo entre sus semejantes, sino que más bien les daba un poco de pena. Al ser un jorobado, cojo, con una mano deforme que apenas le dejaba laborar, y sin asemejarse las facciones de su cara a las de un Adonis, era bastante conocido.

La pena que parecía dar a los habitantes del valle, se tornó poco a poco en admiración, pues a pesar de sus limitaciones era un trabajador nato. Y sin poder llegar a hacer bien muchas de las faenas que le encomendaban sus vecinos, debía de ser un hombre fuerte, con buenas espaldas y buenos brazos a pesar de sus taras.

Un buen día, y mientras ayudaba a un vecino suyo en las faenas de su casa, descubrió que dicho vecino tenía una hija (bien pudo ser una sobrina o una muchacha ligada a la familia) a la que nuestro Quasimodo no había visto nunca. Y era guapa. Muy guapa. Y nuestro buen Quasimodo se enamoró de ella apenas la vio.

El vecino para el que estaba trabajando le contó que era una muchacha que no se había casado, porque debía de trastear siempre en la cocina haciendo preparados y brebajes, y cuando algún joven la intentaba cortejar, al verla enfrascada en la cocina haciendo esas cosas… todos se esfumaban. Nadie quería tener que dar algún día explicaciones al tribunal del santo oficio, si las cosas se torcían.

El caso es que nuestro Quasimodo y la joven comenzaron a verse. Él padecía, debido a sus malformaciones, dolores físicos de vez en cuando, y los preparados de la joven le aliviaban. Pasó el tiempo, y… bueno, pues que cuando dos personas que son miradas como dos bichos raros por todos, si pasan tiempo juntos, ven en el otro a algo más que alguien afín. Y a ella no le importó su aspecto físico, ni a él lo que se decía de ella por el valle.

Pocas fechas antes de la boda, el señor de la zona reclamó para sí el derecho a lo que se denominaba “Prima Nocte” (derecho de pernada). Este derecho concedía al señor del lugar la posibilidad de acostarse con la novia durante la noche de boda. Y por este derecho, el valle debía de estar lleno de bastardos de ese señor. Se supone que era privilegio de los señores quedarse para sí con la virginidad de cualquier súbdita suya, solo de aquellas que se encontraban en sus dominios, y obraban en consecuencia. Existía también la posibilidad de permutar el derecho a la “Prima Nocte”, a cambio de un precio estipulado por el señor. Terrible o no, cierto.

Nuestro Quasimodo fue a ver al señor, llevando con él a su prometida, para solicitar la permuta, pero el señor no quiso aceptar dinero: también quedó prendado de ella nada más verla. Le asistía el derecho, por lo que quiso hacer suya a la joven. Y esto no fue sino una más de las innumerables veces que el señor se propasó con nuestro querido Quasimodo, pues lo debía de tener mortificado en vida: todas las anteriores veces que se propasó con él, nuestro jorobado lo asumió con la humildad y la sumisión que le tenían todos, a los nobles, en aquella época. Pero esto, fue la gota que colmó el vaso. Algo que no os debería de extrañar, humanos.

El Valle del Salcedón siempre fue un lugar ligado a la creencia de que muchas mujeres, en el pasado, se dedicaban a realizar ciertos rituales no muy bien vistos por la Iglesia. Por ello, colérico y ciego de ira y furor, nuestro Quasimodo fue a ver a una de estas mujeres. Esta mujer debía de ser muy anciana, y con conocimientos esotéricos profundos, por lo que nuestro jorobado accedió a vender su alma al Diablo a cambio de poder llevar a cabo su venganza contra el señor.

Dicho señor, estaba levantando un palacio en los terrenos de su propiedad. Y nuestro Quasimodo permutó la vida eterna de su alma a cambio de borrar para siempre al señor, y su legado, del valle. El Maligno se supone que obró en consecuencia, y todo aquel que trabajaba en el palacio enfermaba y moría. Como la maldición no se limitaba a los trabajadores del palacio, la familia del señor fue muriendo poco a poco, incluido él mismo, sin tener descendencia.

La joven, afligida y desconsolada por no poder entregar su virginidad a su amado, cuando se enteró del pacto que había hecho nuestro Quasimodo, se sumió en una tristeza tan profunda… que se quitó la vida, arrojándose desde lo alto del inacabado palacio. Nuestro jorobado, cuando supo de la muerte de su amada, no quiso seguir por más tiempo entre los vivos, y se arrojó también desde lo alto del palacio, cayendo en un pozo tras los muros.

Este pozo debía de ser muy profundo. Nunca encontraron su cuerpo.

Los vecinos del valle comenzaron a aseverar que al pasar junto al edificio oían los lamentos de los dos enamorados, más a ella que a él, y la leyenda comenzó a tomar forma para todos. Aseguraban que, si uno se acercaba lo suficiente al pozo, los lamentos de nuestro Quasimodo les congelaban las venas.

Tiempo después, atraído por los hechos, un caballero castellano se acercó al lugar. Tras tallar una cruz de madera, bajó hasta Santa María de Güeñes a bendecirla, procurando que los monjes de San Lorenzo no le viesen, pues debían de tener una más que buena relación con nuestro Quasimodo. Una vez la cruz bendecida, la arrojó al pozo. Y dicen que nunca se han vuelto a oír esos lamentos de ultratumba.

Esta es, y no otra, la primera leyenda que hubo en la zona sobre lo que ocurrió en el pasado en el valle, y con el Palacio de las Brujas como eje de esas historias. En dicha leyenda, como en todas, existen muchas incongruencias. Tal vez demasiadas. Y todas estas incongruencias, y la chispa de una sobremesa de hace varios años, me llevaron a informarme de todo lo que pudo ocurrir en el pasado en el Valle del Salcedón…

… y que desembocó en un trabajo de más de setecientas páginas llamado Cultus.

(Imágenes obtenidas del blog G.I.P Oculus Nebula)

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2 Comentarios

  • el libro es genial, no podía dejarlo: por favor, seguí escribiendo acerca de esta leyenda, del valle y de los monjes que resultaron entrañables. Gracias por horas maravillosas de lectura

    • Me alegro mucho de que te haya gustado. Gracias a ti por leerlo. La historia continuará, no te quepa duda. No eres la única persona que me ha pedido una segunda parte. Sin embargo, antes debía de escribir “Mano grande, mano pequeña”, y ahora estoy en fase de documentación del que será mi tercer libro. Aequitas tendrá que esperar. Un abrazo.

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Libro Mano grande, mano pequeña

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