Los santos inocentes

Los santos inocentes

Todo lo que pueda decir del libro, se va a quedar corto. Todo lo que pueda decir de la película, se va a quedar corto. Los santos inocentes, del puto maestro Miguel Delibes, debería de ser una obra de lectura obligada en los institutos de todo el país. Obligada. Si Delibes solo hubiese escrito esta obra, sería más que suficiente como para considerarle un genio de la literatura universal. Un puto genio con mayúsculas.

Asombroso, sublime, visceral, incisivo, cruel, realista y, sobre todo, descarnado, el libro posee una lectura tan fácil como rápida. No me lo esperaba cuando acabo formando parte de mi fondo de armario bibliotecario, habida cuenta de que tras haber visionado antes la película, me había hecho a la idea de que sería un ladrillo del copón. Nada más lejos de la realidad: me duró una tarde.

Fue uno de los ejemplares que compré en el rastrillo del que ya os he hablado con anterioridad. Y, tal y como me pasó con Réquiem por un campesino español, fue mío tras abonar dos aurelios de nada. Pa mear, y no echar ni gota.

La historia, dentro de un cortijo, nos lleva a la España profunda, años después de finalizada una contienda civil que dejó el país fracturado social y económicamente. En ella se muestra la exagerada y humillante diferencia social y moral que existía entre los señoritos, las élites, y el campesinado. Muchos de los pasajes del libro están llevados a la gran pantalla siendo fieles al libro, diálogos incluidos, de pe a pa. El propio autor de la novela aseveró que le había gustado cómo se había retratado su libro.

La trama es brutal. Mientras el libro hace que te abstraigas de todo lo que te rodea, la película hace que sientas que formas parte de la propia historia. Mucha culpa, de esto último, obviando un guión conseguido en base a la obra maestra del genio vallisoletano, la tienen los actores que formaron parte de un elenco que se perpetuará por toda la eternidad. Alfredo Landa (Paco, el bajo), Terele Pávez (la Régula), Juan Diego (el señorito Iván), Agustín González (Don Pedro), Mary Carrillo (Señora Marquesa), o Ágata Lys (Doña Pura), redondean un espacio y una atmósfera que gira en torno al que, poco a poco, se convertirá en el protagonista principal de la historia, un Francisco Rabal (Azarías), en boca del cual podremos oír por siempre la mejor y más contundente frase que jamás se dijo en una película, española o no; una frase que eleva la obra de Delibes más allá de cualquier cosa que hayas leído antes; una frase que eleva la historia y su desenlace por encima de cualquier cota, y que describe la trama, de manera fulminante, con solo dos palabras. Sí, con solo dos putas palabras:

Milana bonita…

Magistral, Delibes. Magistral.

Si hay algo que es patente y denunciado desde el principio, es la opresión que sufrieron los campesinos de la España profunda en la Extremadura rural, donde las humillaciones y los desprecios por parte de los señoritos, se dan la mano con las continuas muestras de la generalizada incultura que se vivía en aquella época, por parte de los campesinos. Unos campesinos que son mostrados por Delibes como si de animales se tratasen (en cuanto al trato que les dispensan los señoritos), y que Mario Camus retrató tal cual en el film. Y no es un eufemismo: cuando el señorito les obliga a escribir sus nombres a los campesinos (para mostrarle a sus acompañantes, sobre todo al embajador, que las cosas habían cambiado mucho en España y que no se hacía distinciones a la hora de enseñar a escribir, incluso, a las mujeres); las escenas de caza en las que Paco, el bajo, es mejor que cualquier sabueso que acompañe a los demás cazadores (husmeando el suelo hasta dar con su presa); los saludos y vítores a la Señora Marquesa cuando sale al balcón (como si de la Virgen María se tratase)… ponen de manifiesto y denuncian la hipocresía de las clases que siempre se sintieron por encima de los demás, y su prepotencia sin escrúpulos (como cuando el señorito Iván está descontento porque el hijo de Paco, el bajo —el Quirce—, no acepta una propina por sus servicios, propina que le ofrece con el único ánimo de hacer notar quién está por encima, y quién está por debajo, y comenta con sus acólitos mientras beben brandy, un ministro franquista incluido, aquello de que los jóvenes deben de aceptar una jerarquía, después de haber comenzado la conversación con aquello otro de… una guerra les daba yo…).

Magistral, Delibes. Magistral.

Se muestra también en la novela, de una forma más que evidente, aquello de que a perro flaco todo son pulgas: por si no fuese suficiente todo con lo que tienen que lidiar en su vida Paco, el bajo, y la Régula, su mujer, hay un añadido en la historia con la presencia de la niña chica. El sometimiento extremo al que son sometidos los protagonistas (Paco, el bajo, por ejemplo, llega a pasar horas y horas en casa desmontando, limpiando, engrasando y volviendo a montar, una y otra vez, la escopeta de caza para que sus habilidades no se pierdan con la edad y sean del agrado del señorito Iván, un señorito Iván que no duda en hacerle ver que ya no es joven en cuanto tiene oportunidad, no sin antes llamarle maricón cada dos por tres) se ve acuciado por tener que cuidar de su hija pequeña, la niña chica, que se nos muestra como una pobre criatura que parece vivir ajena a todo, por su situación y salud, y cuyos gritos en la película nos hielan las venas.

Una criatura que encuentra un consuelo empático en Azarías, cuando este también siente dolor o busca un cariño que su hermana le muestra a veces, pero que le suele ser negado. Una familia sumisa hasta la extenuación, aceptando todas las órdenes que se les dan como si de las mascotas del cortijo extremeño se tratasen. O peor aun, asumiéndolas como si fuesen esclavos, incapaces de hacer otra cosa que mostrar aquiescencia con los mandados de los señoritos… y es que, ante la situación que les ha tocado vivir… las tripas mandan. Unos señoritos que ignoran sin despeinarse los deseos de Paco, el bajo, y la Régula, cuando como buenos padres solo quieren un futuro mejor para sus hijos, creyendo ellos, inocentes, que ellos mismos, y sus hijos, son para los señoritos algo más que animales. Hombres y mujeres tratados peor que si fuesen ganado, como cuando don Pedro le dice a la señora Marquesa aquello de… usted dispone de lo suyo cuando quiera… en referencia a la Nieves, hija de Paco, el bajo, y la Régula, cuando la ve sirviendo en la casa y piensa en ella como una sirvienta de calidad para el futuro. Solo la falta, a la señora Marquesa, levantarse de la silla y mirarla los dientes.

A mandar, don Pedro… para eso estamos.

Magistral, Delibes. Magistral.

Como una opinión de este que escribe en vuestra bitakora, diré que la interpretación de Alfredo Landa, Francisco Rabal, y la mejor actriz española de todos los tiempos para el Basajaun, Terele Pávez, en la película, trasciende lo increíble. De largo, pero muy de largo, para un humilde servidor, las mejores interpretaciones de estos tres monstruos, fallecidos ya. Unas interpretaciones aupadas por una banda sonora que es para el Basajaun, si no la mejor, una de las mejores que ha tenido nunca cualquier otro film español. Una banda sonora que nace de las tripas, que invade el sistema nervioso, y que se eleva hasta acabar en un gruñido de eterna ira en la garganta.

Tanto cuando se lee el libro, como cuando se visiona la película, la sensación que a uno le invade es la de una impotencia y una rabia que parece que te van a destrozar por dentro. Una impotencia que te lleva a apretar los dientes y murmurar con enojo, mientas las páginas o las escenas avanzan ante uno. Mientras los acontecimientos van sucediendo. Hasta que uno siente que va a explotar de cólera, el día que el señorito no ha podido cazar nada y se ha llevado como acompañante a Azarías.

Muy poco después… se produce el desenlace final. Un final más que perfecto. Un final más que justo. El broche de oro a una sublime historia de mierda. Un broche que, después de la ira contenida con la que has seguido la trama…

…hace que a uno le invada una satisfacción tan enorme, tan grande, que no puedes por menos que esbozar una sonrisa cómplice mientras la plenitud te invade por dentro y sientes una agónica liberación de la rabia acumulada… a la par que la voz de Francisco Rabal interpretando a Azarías resonará por siempre en nuestros corazones pronunciando aquello de…

Milana bonita…

Magistral, Delibes. Magistral.

Por lo expuesto aquí, ni puedo, ni quiero, ni debo, ponderar el libro sobre la película, o al revés. Es más: yo diría que se complementan. Por favor, leed el libro. Por favor, tenéis que ver esta película.

Como espero que comprendáis, esta historia, junto a Réquiem por un campesino español, fue uno de los puntos de apoyo más fundamentales en los que me basé, a la hora de dar la forma final a la trama que transcurre en Mano grande, mano pequeña. Una historia en la que también intento denunciar, y creo que consigo, la hipocresía de la que las élites españolas disfrutaron durante décadas, Iglesia incluida, en las poblaciones rurales más pequeñas y apartadas de la España profunda, durante gran parte del siglo XX. Mi pequeña contribución a que tantos despropósitos y calamidades no queden en el olvido. Solo hay una pequeña diferencia: mientras las tramas de Los santos inocentes y Réquiem por un campesino español, denuncian estos hechos desde el punto de vista de unos sucesos que se basan en un argumento ficticio, o casi, en Mano grande, mano pequeña, aunque con ciertos matices, la historia que se relata en sus páginas se basa en hechos reales.

Palabra de Basajaun.

 

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Libro Mano grande, mano pequeña

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