Redes… ¿sociales?

Redes… ¿sociales?

   Os he comentado con anterioridad, que cuando abandono mi morada suelo acercarme a vosotros. A los humanos. A los seres más raros de la creación. Algunas veces, cuando Mari me recibe en el Anboto, hablamos sobre vosotros. Luego de ponerla al día sobre algunas de las cosas que hacéis, me vuelvo a recoger en mi querido bosque, y me siento extraño.

Me suele decir Mari que os ha creado un mundo para vosotros, que lo debéis de compartir con los demás seres que habitan en él, y que quiere que seáis vosotros mismos los que viváis vuestra propia vida sin que Ella tenga que intervenir. Y que no lo hacéis nada bien. Aun así, como sois sus queridos hijos, os quiere. Mucho. Por muy cafres que seáis y por muchas estupideces que hagáis. Por que sois cafres. Y estúpidos. Y raros. Sois muy raros los humanos.

Os ofrecen un mundo maravilloso, en el que podéis tener una vida maravillosa, y no sabéis cómo hacerlo. Y no me digáis que no.

Una de las ocasiones en las que bajé a echaros un ojo, si lee esto el Tarttalo se pondrá a brincar de mala hostia en el sitio por creer que me estoy burlando de él (es muy suyo para sus cosas), pude ver algo que me causó una honda desazón. Os pondré al corriente, pues merece la pena que lo sepáis:

Como soy un ser sublime y mágico me puedo mezclar con vosotros, y cuando lo hago, creéis que soy uno de los vuestros. Ello me permite sentarme incluso a vuestro lado, y mantener en secreto mi identidad. Pues bien, sentado estaba yo una vez en uno de esos sitios en los que os reunís para ver jurgol y gritar como posesos, o para tomaros unas cañas o vinos después de terminar vuestra jornada de esclavitud, bares los llamáis, y tenía a mi derecha una pareja de humanos, un macho y una hembra de vuestra rara especie, donde parecía que ambos estaban muy tristes. Como llevo tanto tiempo creado por Mari, hay cosas que no se me escapan, y las noto en cuanto las veo: esa pareja de humanos estaba terminando una relación. No os suele importar, no siempre, quién haya podido ser o no el causante. Cuando termináis una relación afectiva con otra persona, os sentís tristes. Si lleváis varios años juntos, y esa relación concluye, no suele importar el motivo: os sentís tristes ambos. Sé que no siempre es así, pero es habitual.

Estaban los dos cabizbajos, sin atreverse a mirar a los ojos del otro, el uno por tristeza, la otra por vergüenza, y yo notaba que estaban hablando para acabar la relación. Romper lo llamáis. Y apenas hablaban. Apenas unos ahogados gemidos salían de sus bocas. Unas leves frases cortas llenas de lágrimas, que surcaban el alma de los dos (se acabó… lo siento, no me hagas esto… te quiero…). En aquella mesa solo había pena y dolor.

En la mesa de al lado había otra pareja de humanos. También de ambos sexos. Como, cuando al sentarse, se besaron en los labios, deduje que eran pareja. Como Basandere y yo. Sacaron unas bebidas y charlaron animados. Pensé que era muy bonito. Pensé que ojalá la pareja de al lado estuviese en la misma situación que estos dos. Sin embargo, luego ocurrió algo muy raro. Muy extraño. Y es que… sois raros los humanos.

Esta nueva pareja sacó sus teléfonos móviles y se pusieron a enredar con ellos. Yo también tengo uno, de esos modernos, de los de arrastrar con el dedo, para poder comunicarme con vosotros si se diera la ocasión. Es muy nuevo además, pues con mi zarpa estropeo cada nada la pantalla, y veo menos que el Tarttalo con una viruta en el ojo (ahora sí que voy a tener que esconderme de él una temporada si lee esto). Y cada vez que compro uno nuevo, Basandere se enfada conmigo. Dice que soy un desastre. Tiene razón.

Miraba yo a estos dos con sus móviles, y no podía dejar de sentirme cada vez peor: estuvieron así durante la media hora que siguieron allí sentados. Media hora en la que no hablaron. Bueno, sí… algún que otro mira el vídeo que ha colgado fulanita, o qué foto más horrible, la hace más gorda.

Y pensé, que no distaba mucho lo que ocurría en las dos mesas del bar. En una la relación se acababa, en otra la relación era casi inexistente. ¿Cuándo decidisteis dar más importancia a un aparatejo que todos lleváis encima, y casi siempre en la mano, que a la persona que se supone que os ama? ¿O a alguien que se supone que es vuestro amigo? ¿Cuándo dejasteis de hablar y reír con quien tenéis delante en una mesa, para hacer más caso a alguien que ni siquiera está junto a vosotros? ¿Qué coño os ofrece el puto móvil de los cojones? No me contestéis, lo sé: las redes sociales. Y por hacerlas caso a ellas, vosotros mismos, y entre vosotros, os estáis dessocializando. Me parece que acabo de inventar una palabra nueva en vuestro lenguaje.

Imagen de xusenru.

Cuando se levantaron los cuatro de sus respectivas mesas, dos se fueron tristes, y dos se fueron alegres y contentos. Y eso es lo que aterró: os sentís plenos por hablar con un aparato. O por escribir en él. Por comunicaros con alguien que está lejos de donde os encontráis, y no os importa hacer poco caso, o nada, a quien tenéis delante. Se supone que la tecnología, logros vuestros y no de Mari, debería de ayudaros a facilitar vuestra existencia (alguien que se pierda en la ciudad, un adolescente que tiene que avisar a casa de llegará tarde a comer, un montañero herido al que no pueda atender yo mismo…). Y os la estáis cargando. Vuestra existencia, vuestra propia convivencia con otros humanos, y vuestra propia humanidad. Algunas veces, yo solo, os imito… y le hablo a alguna piedra, o la miro, y me siento un estúpido. Lo hago para tratar de entenderos un poco mejor… pero no lo consigo. No os entiendo. Sois raros los humanos.

Echo de menos los tiempos en los que me mezclaba con vosotros en esos bares llenos de serrín por el suelo, con niños sentados junto a aita o aitite en la barra, y donde no sabía qué conversación escuchar. Entonces, hablabais más. Entonces, reíais más. También entonces os volvíais locos por el jurgol… pero creedme, era diferente.

Afortunadamente, no soy como vosotros. Afortunadamente, en mi morada… no hay cobertura. ¿Os he dicho ya que adoro el bosque? Os dejo. Me espera Basandere. Y hoy, al igual que ayer, y como espero hacer mañana… hablaré con ella. Y reiremos juntos por el regalo que le pensamos hacer al Tarttalo, para calmar su mala leche por si lee esta entrada: un parche pal ojo.

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