Semillas

Semillas

Comenzamos en la bitakora una serie de entradas que, seguro, irán surgiendo poco a poco. Entradas que hubiese deseado no tener que escribir. Sin embargo, estoy plenamente convencido de que si alguien tiene el poder de hacer algo, y ese algo es bueno, no hacerlo es en sí mismo una forma enmascarada de la maldad. Y aunque soy el Basajaun y vivo en el bosque, me duele ver que haya gente, humanos, que se creen que viven en un lugar donde las leyes pueden ser saltadas a la torera. Y como considero que esta bitakora ha de servir para algo más que para mostraros un punto de vista concreto, el mío, y que si me sustrajese de contar ciertas cosas no estaría siendo consecuente con la finalidad de la propia bitakora, mostraros la verdad de vuestro podrido mundo, he decidido abrir esta página en la propia bitakora, donde os mostraré, en esta y en futuras entradas, la verdad sobre unos sucesos que tienen que ver con las leyes que se supone que debéis de cumplir. Leyes, permitid que os recuerde, refrendadas por los hombres y mujeres que habéis elegido en las urnas.

Una de estas leyes en concreto, la ley de la memoria histórica, está siendo sistemática y repetidamente ninguneada por sectores con cierto tufillo a rancio. Y digo rancio, porque todo lo que me huele a imposición, sea diestro o siniestro, hace que me den ganas de ir a buscar al Tarttalo para que os explique un par de cosas. Al menos, a los rancios. Y como la bitakora se limita a contar la verdad, y no quiero que a nadie le parezca que, en este vuestro lugar, se está haciendo apología de cualesquiera que sean vuestras ideas, la única imagen que se prodigará en estas entradas, las referentes a la vulneración de esa ley que tenéis en vigor (y a actuaciones que dejaron su poso dentro de la dictadura franquista), será la de la bandera de la II República española. Una bandera que hoy seguiría ondeando si no fuese porque hubo un golpe de estado, una posterior guerra… y todo lo que estas vergüenzas trajeron consigo: hambre, represión y muerte. Y miedo. Mucho miedo. Y como Mano grande, mano pequeña, transcurre en la España de la postguerra, e intento mostraros en el libro la verdadera España de aquellos oscuros años (solo una pequeña parte), considero que estas entradas deben de ver la luz.

Y, bueno… como os he comentado antes… si alguien tiene el poder de hacer algo bueno, aunque sea un tanto efímero, pues esta bitakora no la leen millones de personas, debe usarlo para hacer el bien. Y para contar la verdad. Sí, porque si bien más de uno puede ser que no esté de acuerdo con las cosas que en estas entradas plasmaré, no podrán rebatirme que lo que en ellas quedará escrito… solo es la verdad. Y verdad es, que los Nacionales ganaron la guerra civil española. Verdad es, que los llamados rojos perdieron la contienda. Verdad es, que en los años en los que se desarrollan los hechos de Mano grande, mano pequeña, se dieron continuados abusos de poder por parte de los vencedores, y sus acólitos, hacia los perdedores. Y verdad es, que docenas de años después de que se terminara la dictadura, los descendientes de aquellos vencedores siguen creyendo que viven en la España de mediados del siglo XX.

Comencemos… ¡Aurrerakarakatua!

Me cuentan que, en Dos Hermanas, Córdoba, frente a un monumento franquista, se ha dado un hecho un tanto… peculiar: la jura a la bandera franquista, junto al monumento. Según los reunidos allí, es lo que denominaron…

  • Un homenaje a los caídos por Dios y por España.

Pues no sé yo… porque, llamadme sacapuntas si queréis, pero en ese homenaje se rindieron honores a los caídos por Dios y por España… pero solo a los de un lado. ¿Y el resto? ¿Y los demás? ¿Acaso no eran españoles? En fin, dejemos esto pa prao… y continuemos, porque la historia sigue…

El homenaje y la jura, fue llevada a cabo por el ejército del aire. Sí, sí… pa mear y no echar ni gota… pero la historia sigue…

Cuando se les preguntó por este hecho, y se les recordó que estaban vulnerando la ley de la memoria histórica, contestaron que no se estaba vulnerando ninguna ley. Y debían de tener razón, ya que la cruz ante la que hicieron el homenaje y la jura, debe de pertenecer al obispado, y no al gobierno. Por lo tanto, aprovechando ese resquicio legal, aducen que, en realidad, no se vulneró ninguna ley.

Es mareante y vomitivo comprobar cómo, una vez más, se interpreta la ley según intereses. Porque, si bien la cruz se supone que pertenece al obispado, la jura a la bandera franquista es en sí una vulneración de esa ley. Ley que muchos se pasan por debajo del badajo. Ley que pretende acabar de una vez con los ideales que llevaron a muchos a la muerte, y cuyos cuerpos siguen clamando desde las cunetas de las carreteras españolas y fosas comunes, donde miles de hombres, tras pasearlos por sus ideas, acabaron sepultados por la represión de los vencedores.

Tras de hechos como este ocurrido en Córdoba, me viene a la cabeza algo de lo que me hicieron partícipe, a cuenta de la última conversación que tuvo un hijo con su padre, un pobre campesino español acusado de rojo, y al que tuvieron trabajando en un estado de esclavitud en el Valle de los Caídos. Una conversación que demuestra que la victoria, en verdad, nunca llegó a producirse del todo por parte de las tropas sublevadas en el treinta y seis. ¿Por qué? Porque la victoria como tal, dentro de un conflicto bélico con ideas radicalmente opuestas, pasa por hacer que las ideas de los vencedores sean al final las que imperen. Y para lograrlo se mató y enterró a mucha gente, durante y después del conflicto. E intentaron hacer lo mismo con sus ideas para lograr la victoria total: enterrarlas.

Ya viejo y enfermo en la cama, el pobre campesino español acusado de rojo, oyó instantes antes de morir por boca de su hijo mayor, el verdadero significado de la palabra victoria:

  • Quisieron enterrarnos, padre… pero no sabían que éramos semillas.

 

 

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Libro Mano grande, mano pequeña

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