Si te tocas… te quedas ciego.

Si te tocas… te quedas ciego.

Ayer por la tarde, tras devolver un par de ovejas a sus dueños, me pasé por casa del Tarttalo. Estaba desplumando un pollo para merendar. Cuando entré en su cueva se me quedó mirando, con ese ojo que tiene que siempre lo escruta todo. Dejó el pollo sin terminar, y me ofreció asiento extendiendo la mano, sin hablarme. Me senté a su vera, y se quedó mirando al vacío.

Otras veces he asistido a esos momentos junto a él, en los que, con paciencia, espero a que comience a hablar. Pero ayer fue diferente. Yo, lo notaba diferente. Por fin, tras un buen rato, habló:

—¿Sabes una cosa…? Hace dos días bajé al pueblo. Hablé con un cuervo.

Asustado, le pregunté por él: el Tarttalo llama cuervos a los curas.

—Verás, Basa… (me suele llamar así), le vi hablando con unas muchachas a cuenta de que… bueno… ya sabes… que no se debe tener sexo si uno no está casado.

—¿Y de qué hablaste con él?

—Pues de eso…

—¿De sexo…?

—Sí… bueno, no… de todo lo que es para ellos el sexo. Me dijo que si te tocas… te quedas ciego. ¿Es cierto? Verás, Basa… te lo pregunto porque yo… como solo tengo un ojo… igual me quedo ciego antes que los demás…

—Mira, Tarttalo… desde siempre han existido hombre y mujeres que creen que le pueden decir a otros cómo deben de actuar, y qué es lo correcto. Qué es lo que deben hacer.

—Sabes que no creo en su dios… ni en sus santos, pero lo que me dijo me asustó un poco…

—Claro, Tarttalo… esa era su intención. Solo buscaba acojonarte para que temas todo aquello que él representa. De todos modos no te asustes, hay muchos curas que ya no piensan como él, y no creo que te vaya a pasar nada si tú te tocas…

El pobre Tarttalo, que no tiene a una compañera como yo, Basandere, busca, al igual que todos los seres de la creación, eliminar esa molesta picazón que a muchos les entra en el cuerpo, a base de manuelas, o de meterse el dedito.

Imagen de lightstargod

—Sí, pero… ¿es malo?

—Vamos a ver… cuando te tocas… ¿te gusta?

—Joder, ¡pues claro! ¡Nos ha jodido!

—Bien… je, je, je… ¿y por qué algo que te gusta tiene que ser malo? Por lo que yo sé, incluso los humanos se tocan. Hasta los curas.

—Entonces… ¿por qué decía que si te tocas te quedas ciego?

—Porque para ellos, el sexo fuera del matrimonio es pecado. Según ellos, lo dicta su dios.

—¡¿Y qué dios es ese?! A Mari no la parece mal, ¿verdad?

—No, Tarttalo, a Mari no la parece mal. Y tampoco culpes a su dios: son algunos humanos los que quieren meter el miedo en el cuerpo a base de cuentos chinos. Y dicen a los hombres y mujeres que no se toquen, que por cojones el sexo ha de ser siempre entre un hombre y una mujer, que no mantengan relaciones sexuales fuera del matrimonio, que deben mantener relaciones sexuales dentro de un orden preestablecido, que no se puede usar profielástico para mantener relaciones sexuales…

—¡Jo! ¿Y ellos qué hacen cuando… tienen ganas?

—Lo mismo que todos. Seguro que alguno todavía pulula por ahí manteniéndose fiel a sus principios. Quiero decir… manteniéndose fiel a los principios que les han marcado desde siempre… pero no por echar una canita al aire de vez en cuando, un cura obra mal.

—¿Eso crees?

—Pues claro.

—Entonces… si este cura es un poco… retrógrado, ¿me dejas que lo vaya a buscar y lo despelleje vivo?

—Tú mismo. Pero la culpa no es de él. La culpa es de las ideas que han asumido como preconcebidas y que no tienen nada que ver con la verdadera naturaleza del ser humano.

—¡Ya! ¡Pero yo no soy humano! ¿Me lo puedo comer?

—Yo no lo haría. Ya sabes que si comes un humano retrógrado, luego te repite durante horas.

—Vale. De acuerdo. No lo haré. Pero si le pillo tocándose a él… ¿le puedo arrancar los ojos? Así se cumpliría lo que él defiende, ¿no?

—Tú verás. Pero no se va a dejar por las buenas: se conoce que sus mártires son cosa del pasado.

—Creo que tienes razón, Basa. Como siempre. Lo dejaré pasar. Además… si los humanos y humanas también se tocan a menudo… ¿Cómo es que por ello no se quedan ciegos?

—Ahí lo tienes.

—¡Hay que joderse que panda de reprimidos sexuales!

—No, Tarttalo, no… no son reprimidos sexuales. Son reprimidos mentales. Es muy diferente.

—Me estoy cansando de hablar de cuervos. ¿Merendamos?

—A eso he venido.

Terminó de desplumar el pollo y lo asó. Comimos la mitad cada uno. Poca carne para él, pero no pareció importarle. No volvió a sacar el tema durante el tiempo que estuve en la cueva. Aun así, mientras merendábamos, se tocaba cada poco el ojo mientras giraba con disimulo hacia la cazuela que tenía sobre el fuego y sonreía entre dientes.

No quise mirar a ver que tenía allí metido.

Si te ha gustado, comparte:
Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterPin on PinterestShare on LinkedIn

Entradas Relacionadas

No hay comentarios

You can post first response comment.

Deja un comentario

Por favor introduzca su nombre Por favor introduzca una dirección e-mail válido Por favor deje un mensaje.

Libro Mano grande, mano pequeña

Suscríbete al blog por correo electrónico

Introduce tu correo electrónico para suscribirte a este blog y recibir notificaciones de nuevas entradas.

Únete a otros 4 suscriptores