Carbonera I

Carbonera I

Abro con esta entrada en la bitakora, una serie de varias de ellas que hablarán de lo mismo. Tal vez para entenderlas en su total magnitud, deberíais de leer Mano grande, mano pequeña. Tal vez quien más las vaya a disfrutar y valorar, sean aquellos que conocen el lugar. Pero no tal vez, si no seguro, que los que se sientan unidos de alguna manera, a este perdido pueblo del interior de la provincia de Palencia, les van a parecer una serie de entradas absolutamente deliciosas.

Comencemos:

¿Recordáis el momento en el que Alfonso sentía que Ginés no le estaba contando todo lo que sabía en su declaración? ¿Recordáis su sensación? Estaba conforme, satisfecho con lo conseguido, pero aún no las tenía todas consigo. Aún no creía haber acabado. Y sentía una puta espina clavada en el culo que no de dejaba tranquilo.

Algo así me pasó a mi cuando terminé la novela. La historia ya estaba contada, y con ella mi promesa cumplida… pero había algo que… sentía, que me quedaba por hacer. Algo que aquí debía plasmar.

Mientras escribía este libro, y conforme lo iba acabando, comenzó a germinar en mi cabeza la manera correcta de acabar la historia. Y no por la propia historia en sí que aparece en Mano grande, mano pequeña, sino por tratar de ser consecuente con el lugar donde transcurren la mayoría de los hechos de la novela, y hacer así justicia, la justicia que se merece, al pequeño y perdido pueblo de Carbonera.

¿Cómo comenzar? ¿Por dónde empezar? Bueno… pues como casi siempre… lo mejor será hacerlo por el principio. El problema es que no tengo un inicio del que partir. Y si no tienes un principio bien marcado, como es este caso, habrá que comenzar a buscar las pistas que nos ha dejado el pasado. Y estas, afortunadamente, se encuentran a la vista de todos.

En la minúscula iglesia de Carbonera, donde ya solo se celebra oficio el día del santo, un buen día, y aprovechando que estábamos allí medio pueblo, el otro medio se conoce que tenía cosas mejores que hacer, entre varios la limpiamos y adecentamos para la fiesta. Yo, en concreto, tras barrer la sacristía, limpiar los alamares del cura, y engrasar los ejes sobre los que voltean las campanas, una vez bajé del campanario entré de nuevo en la iglesia, y me quedé mirando, como una cosa tonta, el escrito tallado en la piedra de la pared. No era la primera vez que lo veía, desde luego, pero desde aquel día, lo sé de memoria:

“Esta capilla es propia y privativa de Los Señores Carboneras, hidalgos de ejecutoria, presentes en todo tiempo en este curato. Tienen la tercera parte de los diezmos de esparto, lino, avena y demás legumbres. Se hizo a expensas de Francisco Carbón, canónigo y prior de la catedral de León. Año 1748”.

Y comencé a tirar del hilo…

¿Quién fue ese Francisco Carbón? ¿Por qué construyó la iglesia de Carbonera? ¿Tiene que ver su apellido, Carbón, con el nombre del pueblo? ¿O… más bien… al revés? Me tenía que sacar esa espina, de modo que, un buen día… me presenté en la catedral de León.

Allí pedí que me llevaran ante don Manuel, responsable del archivo de la catedral y con quien ya había hablado antes por teléfono. Le expuse lo que quería buscar, a Francisco Carbón, y no se encontraba por ningún sitio. No lo encontrábamos por el nombre, no lo encontrábamos por el año… y lo que más me desconcertó: tampoco lo encontrábamos por su cargo, prior de la catedral de León. Pero si era lo que estaba tallado en la iglesia, ¿no?

Aquí, me gustaría hacer una pequeña parada para dejar constancia de lo asombrado y maravillado que me quedé, al ver con qué facilidad, un hombre con la edad de don Manuel, manejaba el teclado y el ordenador. Bien es cierto que tras tener el archivo catalogado y con todo perfectamente informatizado, solo había que introducir unas pocas palabras en el motor de búsqueda, pero aun así, aluciné a colorines. ¡Qué hombre!

Tras un buen rato devanándonos los sesos, y sin premio… ¡bingo!:

Encontramos, justo es decir que más él que yo, un documento en el que aparecía nuestro hombre. Pero no se llamaba Francisco Carbón. Su nombre era, y esto casi hace que me orinara encima…

…Francisco González Carbonera.

¿Os lo podéis creer? Me dieron ganas de saltar como loco de contento. Ganas que contuve cuando, don Manuel, mientras examinaba el documento físico, tras la mesa en la que yo me encontraba frente a él, intentó abrir un sello de dentro del propio documento para examinarlo. Le temblaban hasta las manos. Saqué mi navaja, que siempre llevo en el bolsillo, y le ayudé: abrí un sello de casi trescientos años con mis propias manos.

La nieblina de colores que me invadió, solo podría asemejarse a la sensación de haber consumido LSD. Eso deduje, a pesar de no haberlo probado.

Y llegó el momento de la verdad: don Manuel me pasó el documento, y pude examinarlo. Me tuve que frotar los ojos.

El documento (10901/696), es un documento notarial firmado por Francisco, y por el notario, Dionisio Ibáñez, datado el 10 de septiembre del año 1728. Se trata de una genealogía, unas pruebas de pureza y sangre, para admitir a Francisco como prior de San Guillermo, y no como prior de la catedral de León. Don Manuel me explicó, que el priorato de San Guillermo pertenecía a la catedral de León, y que fue un lugar con un gran poder adquisitivo, por lo que el cargo de prior de San Guillermo fue, si no el que más, uno de los más golosos adscritos a la catedral de León.

Seguí leyendo, y casi hasta me emocioné:

El documento comienza con una breve explicación del mismo, que se trata de unas pruebas de pureza y sangre, y para qué, y en el que se dice que nuestro Francisco es natural de la villa de Saldaña. Continúa con sus padres, Manuel González Carbonera y Feliciana de Fresnedo y Castillo, él originario de Carbonera, y ella originaria de Saldaña. El documento sigue, y hace referencia ahora a sus abuelos paternos: Manuel González Carbonera y María Royzgomez (transcribo el apellido tal cual aparece), vecinos de la villa de Saldaña, y originario él de Carbonera, y ella de Membrillar. Sigue después, con sus abuelos maternos: Juan de Fresnedo y Castillo y Lorenza Díez del Brezo, vecinos ambos de Saldaña, y originario él de la propia villa, y ella de Renedo del Monte. Incluso viene la distancia, en leguas, entre un sitio y otro.

Inmensamente agradecido a don Manuel, y a su ayudante doña Carmen, casi a las seis de la tarde me tuve que marchar, pues él tenía que oficiar misa. Le prometí volver. Como para no hacerlo cuando me enteré de que el archivo posee, como documento más antiguo, uno que data del siglo IX, del reino Astur-Leonés. Bien es cierto que, para mí, el que tenía en mis manos era mucho más importante. De largo.

Por lo tanto, existe la prueba física de que un tal Francisco González Carbonera, existió. Y no solo eso… si no que nació en Saldaña y que toda su familia era oriunda de la Valdavia, concentrándose este hecho en el pueblo de Carbonera.

Otro día más y mejor.

Esto promete…

 

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