Sorginak

Sorginak

      Seguro que a más de un humano, al leer el encabezado de esta entrada, le ha venido a la mente la imagen de una vieja cheposa encimada en un caldero de hierro sobre el fuego. Estará cocinando ancas de rana, junto a ortigas y raíces, y al remover el preparado se verá como asoma por la superficie algún hueso. Incluso humano. O peor aún: de niño. Y pensará también que la vieja, cuando termine de preparar sus pócimas y brebajes, se los llevará consigo hasta donde se precisen de sus conjuros, montada en una escoba. Y lo hará volando, mientras se ríe a carcajada limpia de los pobres mortales que la observan desde abajo, y se regodea ante ellos por su maléfico poder. Y puede que alguno incluso sienta como se le erizan los pelillos de la nuca. Pues bien, lo siento: estáis equivocados. La realidad es bien distinta… pero mucho más terrible. Y esta realidad no hace que se te ericen los pelos del cogote; hace que un escalofrío te recorra la espalda desde el culete hasta la cabeza, y sientas como te recorre también los brazos hasta llegar a las manos, terminando en la punta de los dedos. Es algo horrible. Horrible de verdad.

El núcleo principal de la brujería, a nivel de la península Ibérica, ha estado desde siempre en tierras de Euskal Herria. Eso, al menos, es lo que os han vendido en el pasado. El primer caso de brujería documentado como tal, en este núcleo de infames mujeres malvadas, data del año 1279 (Archivo General de Navarra), donde se condenasteis a una mujer a una multa por, y cito textualmente: dar yerbas a otra.

Tras este primer caso, y durante siglos, muchas otras mujeres fueron acusadas de brujería en Euskal Herria, siendo la provincia navarra donde más casos se dieron. Como ejemplo, en Bastida (1329), cinco brujas ardieron en la hoguera. La acusación no dista mucho del primer caso conocido, y se las inculpó por herboleras y envenenamiento, las mismas acusaciones que hubo en el pasado, y que se siguieron produciendo después.

Imagen de darksouls1

Estas pobres mujeres acusadas de brujería, no eran más que comadronas y curanderas que se procuraban el sustento ayudando a los demás. O ni siquiera eso. Muchas sabían de las plantas y los remedios que de ellas podían extraer, y simplemente las usaban. No pongo en duda que tal vez alguna pudo hacer algún tipo de veneno, conocimientos tenían para ello, pero la triste realidad es que se las quemaba por hacer ciertas recetas en la cocina. Por crear medicinas. Por intentar paliar dolores en la gente de su alrededor, y ayudar, como comadronas que eran, a traer niños al mundo. Y cuando se topaban con alguno al que la Iglesia le hubiese lavado el cerebro a conciencia, este las acusaba de brujas, pues todas aquellas artes de sanación no eran bien vistas a los ojos de Dios, y, sin duda, tenía que haber artes oscuras detrás de cocer unas plantas y conseguir medicina. Y si usaban ciertas de esas artes para traer niños al mundo… ¡para qué quieres más! ¡A la hoguera con ella! ¡Esos conocimientos seguro que se los ha transmitido Satán! Y si ha estado con el Maligno, y la ha confiado cómo hacer medicina de unas tristes plantas… ¿qué le ha dado a cambio? ¡Se ha entregado a él, seguro! ¡En cuerpo y alma! ¡Es una concubina de Satanás! ¡Quemémosla y salvemos al menos su alma!

Sorgina es una palabra del euskera que podríamos desmembrar como sor y egin, y que se podría traducir como hacer crear. Bien podría ser por tanto, hacer nacer.

Solo eran eso: comadronas que asistían a mujeres embarazadas, y que dominaban las plantas, sacando de ellas medicina, muchas veces, para esas parturientas y el bebé. Y se las quemó en la hoguera por ello.

Ya os he dicho arriba que lo que ocurrió fue horrendo.

Y para la eterna vergüenza del hombre y de la Iglesia, impío y real.

 

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